“La idea de autarquía está fuera de lugar”

El libre comercio es una especie de quimera y los procesos de liberalización nunca son homogéneos. Pero ningún país puede plantearse como agenda de desarrollo prescindir del vínculo con el resto del mundo.

La verdad, revelada, sigue en el medio. Así lo entiende el economista Roberto Bouzas, magíster en Economía de la Universidad de Cambridge y director académico de la Maestría en Relaciones y Negociaciones Internacionales de la Universidad de San Andrés y de Flacso/Argentina.

“Toda política de integración más profunda requiere políticas internas que la acompañen para hacerla sostenible y viable”, resume.

-¿Qué fenómeno dentro de las corrientes internacionales de comercio y de integración surgió con fuerza a partir de la crisis?

-Un tema fue el riesgo de la fragmentación y de aumento del proteccionismo. Tradicionalmente, la Organización Mundial del Comercio (OMC) fue vista como una máquina para liberalizar. Esta crisis sirve para ver si puede transformarse ahora en máquina para evitar la regresión proteccionista.

En medio de esto se encuentra el conflicto entre las reglas del sistema multilateral y un fenómeno que lleva 20 años, que es la explosión de acuerdos preferenciales con dos características definidas: es un fenómeno global y lo más novedoso es que se da entre países desarrollados y en desarrollo. Son acuerdos muy diferentes a los tradicionales.

-¿Por qué?

-Porque son asimétricos. El primer acuerdo de estas características se dio entre los Estados Unidos, México y Canadá, países muy diferentes en ingreso per cápita y en nivel de complejidad de su estructura productiva y de su agenda de negociación. Y esto se da porque los intereses ofensivos de los países desarrollados en estas negociaciones preferenciales radican en áreas donde el ritmo de progreso en el plano multilateral es o lento o nulo.

Para los países en desarrollo, la mirada pasa por el acceso al mercado y, dependiendo el país, los intereses ofensivos están localizados en sectores que a su vez son sensibles en el país desarrollado. Hay un problema de equilibrio en el resultado final que depende de cómo se evalúen los intangibles, como el efecto de esos acuerdos sobre las expectativas, el clima de negocios o el funcionamiento institucional.

-¿Cómo queda parado el libre comercio después de esta crisis?

-El libre comercio es una especie de quimera, una idea muy poderosa que tiene 200 años de consolidación entre los economistas. El sistema de comercio internacional de los últimos 50 años ha tenido un enorme progreso en materia de liberalización, pero la liberalización nunca es homogénea. Una de las paradojas es que cuanto más liberalizás en términos de barreras fronterizas, más importancia pasan a tener las prácticas regulatorias internas.

No es fácil la idea del libre comercio donde todos ganan. Es un como un juego de cajas chinas: siempre hay otra caja más chica adentro y más complicada para abrir, porque surgen conflictos técnicos y políticos asociados a la regulación.

-¿Qué valor le asigna a los negocios internacionales en el desarrollo de una economía?

-Depende del caso en particular y de las condiciones de partida del país. Hay ganancias que vienen con el acceso a los mercados, pero muchas veces se olvida de que la capacidad de aprovecharlas depende de los recursos internos, institucionales.

Hoy hay un gran debate entre los economistas respecto de la causalidad que existe entre apertura y crecimiento: algunos están convencidos de que es lineal, y muchos dudamos de que sea así. Los negocios internacionales son fuente de oportunidades si tenés condiciones para explotarlas.

-Sin entrar en la coyuntura, un país como la Argentina, ¿Necesita los negocios internacionales? ¿Son condición para su desarrollo?

-Ningún país puede hoy plantearse como agenda de desarrollo prescindir del vínculo con el resto del mundo. La idea de la autarquía me parece que está fuera de lugar, salvo que estemos en un contexto de desintegración con la economía mundial, que no es nuestro caso.

Los economistas tendemos a mirar el impacto distributivo del comercio internacional sobre los países. Pero lo más interesante desde el punto de vista de la política no es la relación hacia afuera sino hacia adentro, el efecto que la apertura o la protección tienen sobre sectores internos que son los que en definitiva forman coaliciones y se organizan para operar sobre los que toman decisiones. Toda estrategia de inserción internacional tiene un impacto distributivo que aún cuando sea positivo en términos netos (que gana el país), normalmente hay algunos, o muchos, que pierden, aunque sean en proporción menos a los que ganan. Toda política de integración más profunda requiere políticas que la acompañen para hacerla sostenible y viable. La autarquía es una utopía, pero es simplista la visión de que la apertura asegura el crecimiento y mejora la calidad de vida. La verdad está en el medio, y es complicada, porque requiere de instituciones sofisticadas que operen sobre esa integración.

Por Emiliano Galli
De la Redacción de LA NACION

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