Pretendemos 40 o 50 por ciento del mercado para la industria nacional

Periodista: ¿En qué situación se encuentra hoy el sector del juguete?

Miguel Faraoni: Este año pintaba complicado mundialmente. Pensamos que iba a ser difícil. Pero, por suerte, el Gobierno tomó medidas que, para nosotros, fueron frenar las importaciones. Tuvimos una reunión con el secretario de Industria, allá por enero, cuando se preveía que iba a haber una caída en casi todos los sectores y para paliarla y que no afectara los puestos de trabajo, se pensaba en achicar las importaciones alrededor de un 30 por ciento. Esto se habló con la Cámara de Importadores. La mayoría entendió el mensaje y apoyó las medidas del Gobierno.

P.: ¿Fueron efectivas?

M.F.: Sí, hicieron que la industria nacional no perdiera capacidad de trabajo y, si bien hubo una merma de ventas en los primeros momentos, la industria nacional no la sintió. Es más, a raíz de esa baja de importaciones, muchas empresas incrementamos el trabajo con más personal y horas extras.

P.: Fue un invierno atípico para el rubro.

M.F.: Sí, apareció el problema de la gripe A, que al margen de sus consecuencias negativas, favoreció al juguete porque para tener a un chico encerrado en la casa en pleno julio, con algo había que entretenerlo, no sólo con televisión. Los juegos de mesa, educativos, de entretenimientos, se vendieron en ese mes, anticipando el Día del Niño. En ese sentido, el sector salió favorecido.

P.: Les toca enfrentar las campañas publicitarias de las multinacionales que son verdaderos tanques de guerra. ¿Es una competencia dura?

M.F.: Sí, es dura. La publicidad en televisión no es barata y si la industria nacional puede hacer algo de propaganda, las multinacionales hacen diez veces más. Por más buena voluntad y esfuerzos que pongamos, siempre la pelea es desigual.

P.: ¿Cómo logran hacer pie en ese escenario?

M.F.: Con productos diferenciados de los importados. La década del 90 fue tremenda para nuestro sector. Se perdieron más de 220 empresas sobre un total de 280. Apenas quedaron 60 en pie hacia 1998. Y de éstas, 30 se dedicaban más a la importación que a la fabricación. Después 2001, de la devaluación, comenzamos a fortalecernos y hoy tenemos más de cien empresas asociadas a la Cámara.

P.: ¿Qué enseñanza les dejó la crisis a las empresas que quedaron en pie?

M.F.: Entendimos que había que fabricar productos distintos a los de China. La mayoría de las empresas tiene hoy diseñadores en su planta. Si bien hacemos un juguete parecido al de ese país, no es igual. Y si no hay presupuesto suficiente para publicidad en televisión, de alguna manera tratamos de comunicarlo: revistas específicas de juguetes, catálogos, acciones directas en las jugueterías o en los supermercados para exhibir nuestros productos. Por suerte, se está vendiendo bien.

P.: ¿La recuperación fue, entonces, a fuerza de ingenio?

M.F.: Sí, ingenio, mucho esfuerzo, mucho sacrificio y, también, plata.

P.: ¿Hay estadísticas nacionales sobre el nivel de actividad del sector?

M.F.: Se estima que el mercado del juguete consume alrededor de 500-600 millones de pesos por año, entre nacional e importado. Es complicado poder determinar cuántos juguetes se compran por chico por año, porque la importación se mide en kilos y en dólares. Los kilos son la referencia más confiable.

Comparación con otros países

P.: ¿Cuánta presencia tiene la industria nacional del juguete en la Argentina en comparación con lo que ocurre en otros países?

M.F.: En Chile, por ejemplo, no quedó una sola industria del juguete. La importación destruyó todo. Lo mismo ocurrió en Uruguay, donde antes había fábricas importantes y hoy apenas quedó algún artesano. En Brasil, en cambio, hay una política de protección de la industria nacional superior a la de la Argentina, con planes a largo plazo. Esto hace que las industrias brasileñas sean fuertes. Y en contrapartida de lo que pasa acá, allá la mayoría de los importadores también son fabricantes.

P.: Un perfil diferente al argentino.

M.F.: Acá, hay muchos comerciantes que importan. Allá son los mismos fabricantes que traen distintas líneas y eso les permite equilibrar la situación de acuerdo al momento. Y, además, ellos mismos se preocupan para que la importación no crezca alocadamente, se autorregulan. Tienen leyes muy severas, la Aduana es muy rígida. Tan es así que nosotros tenemos hoy en día un problema con Brasil porque, si bien la diferencia cambiaria nos favorece mucho, no hay prácticamente exportaciones.

P.: ¿Por qué?

M.F.: En primer lugar, porque el brasileño es mucho más nacionalista, defiende más lo suyo. En segundo lugar, las reglamentaciones y las disposiciones de la Aduana les quitan las ganas al importador de ingresar productos de la Argentina. Por ejemplo, bajan las muestras para testearlas si cumplen con normas, le dejan el camión parado en la Aduana días, meses. Son muy hábiles, aunque después se quejen de que nosotros somos los que ponemos trabas. Son maestros en ese sentido.

P.: ¿En qué franja del mercado la industria nacional hace pie mejor?

M.F.: En la de los juegos didácticos, la de los juegos de mesa. Por la idiosincrasia, por el idioma, por las características de qué es lo que le gusta al público argentino, la importación prácticamente no tiene peso ahí.

P.: ¿Y dónde es más difícil combatir en condiciones aceptables?

M.F.: En los productos plásticos. Si un producto plástico tiene que tener mucha mano de obra en decorado o armado, por ejemplo, ahí el chino nos saca mucha ventaja porque la mano de obra es muy barata. Tratamos de ir buscando, cada uno en su rubro, productos que puedan competir con el chino de otra forma: un diseño distinto, menos pintura pero más piezas, buscándole la diferencia para que el producto sea atractivo sin irnos de precio.

P.: ¿Cómo le va al sector en cuanto al acceso al crédito?

M.F.: El crédito no existe, es una pesadilla para las pymes. Hay que llenar tantos formularios y papeles que prácticamente a uno se le agota la paciencia. Salvo los bancos estatales, que son los únicos que algo apoyan. No dan mucho pero dan algo. Y siempre tenemos que hablar de tasas accesibles, porque si uno quiere hoy tomar un crédito a una tasa de mercado, no lo puede pagar, el juguete no lo absorbe.

P.: ¿De dónde sale el financiamiento, entonces?

M.F.: Todo a pulmón. Es una gran diferencia que tenemos con Brasil, donde hay un Banco de Desarrollo que financia a las pymes y las ayuda a crecer mucho más rápido. Como le digo a los gerentes de banco: «Te estoy pidiendo un crédito que no es para mí sino para financiar a los hipermercados. Es que yo tengo que financiarles a 120 días cuando mi proveedor me da 30. La plata no es para mí, es para ellos». Si hubiese mayor posibilidad de créditos para las pymes, hoy las industrias podrían tener un crecimiento mucho más rápido.

P.: ¿Es complicado el vínculo con los hipermercados, con las grandes superficies?

M.F.: Desde la Cámara, hace un par de meses que venimos trabajando para tener un acercamiento directo y hacerles entender que la Cámara no quiere cerrar la importación sino regular el mercado. Hablando con la Secretaría de Industria lo entendieron muy bien y nos apoyan. La Argentina es un país que desgraciadamente transita por los extremos. O cerramos la importación y favorecemos la industria, pero perjudicamos al consumidor o abrimos la importación favoreciendo al consumidor pero perjudicando a la industria, como ya nos pasó en los 90, con la consiguiente destrucción de puestos de trabajo.

P.: ¿Cuál sería el punto de equilibrio?

M.F.: Pretendemos que la industria nacional tenga un 40 o un 50 por ciento del mercado. Con ese porcentaje, la industria nacional puede trabajar bien, puede crecer, puede generar nuevos productos. Y el consumidor sale favorecido de ese equilibrio, con productos nacionales buenos, a buen precio, y productos importados surtidos. Y también sale favorecido el comerciante, que necesita variedad para atraer a su público. Hoy estamos en el 35 por ciento de presencia nacional. Ésta es la idea sobre la que la Cámara viene trabajando desde hace unos años. Queremos convencer más a los supermercados, que entiendan esta posición en la que ellos también salen favorecidos, porque nuestras familias y nuestros operarios van a comprar a sus supermercados.

P.: ¿Cómo se conforma el sector en cuanto a porcentaje de presencia de las pymes?

M.F.: El sector del juguete tuvo alguna vez empresas grandes, con 400 operarios e incluso algo más, como Jocsa, por ejemplo, que hasta tenía su propio estudio de grabación para las publicidades. Pero todo eso se destruyó, cayeron en los 90. Hoy quedaron pymes en su mayoría. La más grande puede tener ahora 100 o 120 operarios.

P.: Lograron sostener las dos exposiciones anuales del sector incluso en los peores momentos. ¿Fue muy duro?

M.F.: En las peores circunstancias, fines de los 90, la industria nacional tenía apenas el 10 por ciento del mercado. Y aún entonces la Cámara no perdió el poder de concentración del sector. Seguimos haciendo las exposiciones en la sede de la Cámara. En ese momento, la solución fue abrir la exposición a la sección del polirrubro, en plena época del «todo por 2 pesos», sección que ya quedó incorporada para siempre porque le es muy útil sobre todo al comerciante del interior.

P.: ¿Qué le está faltando a la industria juguetera argentina para salir a ganar mercado en el exterior?

M.F.: Hay una buena industria juguetera, con muchos productos superiores a los brasileños, por ejemplo. Necesitamos que se mantenga lo que está haciendo este Gobierno en cuanto a sostener la industria nacional con medidas que eviten su destrucción como consecuencia de la importación. Sería interesante que estas políticas industriales persistan en el tiempo.

P.: ¿La clave pasa entonces por políticas de Estado al margen de los vaivenes políticos?

M.F.: En mis comienzos, cuarenta años atrás, yo hacía matrices y productos para terceros, entre los que había una empresa que mandaba mercadería a Brasil. Eran cosas muy simples, tanto que yo le preguntaba al dueño por qué no las hacían los brasileños. «Los brasileños no pueden hacer nada, industrialmente son de terror», me contestaba. ¿Qué pasó desde entonces? Brasil entendió que necesitaba una industria fuerte y proyectó y programó un país industrial, diagramó una política que no cambió con el paso de los gobiernos. La política industrial siempre se mantuvo y hoy es lo que es.

P.: Brasil debería servir de ejemplo.

M.F.: Insisto: el industrial necesita un horizonte de diez, quince años sin cambios en la política industrial. La inversión en la industria es muy grande, se necesitan maquinarias, estructuras edilicias acordes. Sin un horizonte claro, no es posible. Cuando la industria del juguete desarrolla un nuevo producto, hasta que aparece en el mercado pasan entre seis meses y un año. Y en un año, es usual que la política industrial cambie tremendamente en la Argentina. Sólo pedimos que ésta quede al margen de los políticos que estén de turno en el Gobierno. Eso hizo Brasil, ni más ni menos. Sólo así vamos a poder ser competitivos en el mundo entero.

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