Argentinización del mundo: el fracaso de la Ronda de Doha frenaría las importaciones

MARTÍN BURBRIDGE Buenos Aires

La Argentina que vivimos, en la que el Gobierno frena cada vez más la importación de productos con medidas de distinto tipo y donde para ingresar divisas por cobros de exportaciones es necesario liquidarlas a través del Banco Central, pronto podría dejar de ser una excepción en el mundo globalizado de los últimos 20 años. Porque si se confirma el fracaso de la Ronda de Doha (negociación para liberalizar el intercambio mundial de bienes y servicios), las consecuencias sobre la globalización podrían ser profundas y duraderas, en momentos en que los países más afectados por la crisis financiera subprime muestran ciertos reflejos proteccionistas para evitar que se profundice el nivel de desempleo doméstico.
La Ronda de Doha, que comenzó en la capital de Qatar en 2001 y cuyo final fue pospuesto en tres ocasiones (2004, 2005 y 2008) porque los negociadores no lograban ponerse de acuerdo, debe terminarse este año, con éxito o fracaso, según las máximas autoridades de la Organización Mundial de Comercio (OMC), organismo que dirige estas tratativas entre sus 153 países miembros.
Pensada como continuación de rondas de negocios anteriores (Tokio y Uruguay), el ciclo de Doha debería permitir llegar a un acuerdo en materia de liberalización del intercambio de servicios, productos agrícolas y bienes industriales, con sustanciales rebajas en las tarifas aduaneras y fin a las trabas y subsidios que cada tanto surgen contra el acceso de capitales y mercancías a distintos países.
Para los emergentes, se trata principalmente de que los desarrollados desmantelen sus enormes programas de subsidios a los agricultores, para que sus productos puedan ingresar libremente a estos mercados. Para los desarrollados, liderados por EE.UU., el objetivo es que los derechos de aduana de los productos industriales importados caigan hasta el 8%, para así poder ingresar sin trabas a los gigantescos mercados de China, Brasil y la India.
“A menos de un mes de la fecha límite del 30 de abril (en que se tienen que presentar los proyectos de acuerdo alcanzados, para luego votarlos formalmente, N.del R.), les digo honestamente que no estamos en camino de alcanzar los objetivos”, advirtió recientemente Pascal Lamy, director de la OMC y gran impulsor de la Ronda de Doha. “Hay muchas razones por las que debemos concluir el ciclo de Doha ahora y no solamente por el impulso que daría a la economía mundial. Un acuerdo constituiría un voto de confianza en el sistema multilateral y una confirmación de las garantías dadas durante la crisis por este sistema en contra del proteccionismo”, agregó el funcionario.
Pero la situación es muy delicada para que se llegue a buen puerto, a pesar de los esfuerzos desesperados de Lamy. Los negociadores entrevistados por distintos medios son todos muy pesimistas, ya que nadie quiere hacer concesiones en momentos en que sus economías no andan bien y además cuando se aproximan períodos electorales, como los que les tocan en 2012 a EE.UU. y Francia o a la Argentina este año. “Estamos seguros que el ciclo no va a morir, pero puede convertirse durante los próximos años en un zombi o un fantasma deambulando por los pasillos de la OMC”, afirmó categórico Fernando de Matteo, representante de México.
Este año ya hubo muchas señales de que la Ronda de Doha estaría agonizante, a pesar de que la última reunión del G-20 en noviembre de 2010 puso el énfasis en alcanzar un acuerdo cuanto antes. El presidente de EE.UU., Barack Obama, no hizo ninguna mención a las negociaciones en marcha durante su discurso anual sobre el Estado de la Unión, frente al Congreso. Y lo que es peor, prometió impulsar las exportaciones con la ayuda de subsidios públicos, a contramano de lo que se está tratando de acordar. Otra señal la dio el representante de Nueva Zelanda, David Walker, quien preside el comité de las negociaciones agrícolas, al reconocer hace poco que “ningún país aportó nuevos elementos al proyecto de acuerdo preparado en diciembre de 2008”.
Y esto se suma a las negativas de los negociadores chinos, brasileños e indios de bajar los aranceles a los productos industriales. “Si nos plegamos a esta exigencia, deberíamos reducirlos para 3.000 líneas tarifarias (una línea tarifaria asigna un derecho de aduana a un tipo de producto, N.del R.), lo que sería inaceptable para nuestras empresas nacionales”, protestó Roberto Azevedo, delegado por Brasil.
En definitiva, las chances de que se llegue a un acuerdo son muy bajas, lo que podría allanar el camino para una nueva era de proteccionismo, aunque no tan amplio como se dio en los años ’30, hecho que significó una crisis económica mundial de proporciones, con el cierre de los mercados de exportación para la Argentina y el advenimiento de regímenes dictatoriales como el nazismo en Alemania o el fascismo en Italia.
En este caso, los analistas evalúan la posibilidad de que se siga avanzando de manera bilateral, con acuerdos de libre comercio entre países en lugar de hacerlo en el seno de la OMC, hasta que se logre salir del pantano en que se encuentra Doha y también que los países desarrollados se recuperen de la crisis para poder sentarse a negociar desde una posición más aperturista. A pesar de ello, los funcionarios de la OMC no pierden las esperanzas de que en el corto tiempo que queda se destrabe la negociación.

Fuente: el cronista

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